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Por Sofía Paglia. Investigadora. Fundación Iniciativa.

Sin lugar a dudas, el 2016 no pasó desapercibido. Protagonizado por el avance de una nueva derecha, crisis de bloques regionales, alternancias de liderazgo y reclamos de desglobalización, fue un año cuyos efectos serán de análisis obligado para poder hacer frente a los desafíos que están por venir. Su estudio debe ser abordado desde una triple óptica: social, política y económico-internacional.

Para comenzar, es preciso remitirse al origen de todo cambio: el ámbito social. En los últimos tiempos, se produjo una inclinación cada vez mayor hacia la derecha, en distinto grado y con particulares características según la geografía cultural. Pero, ¿qué fue lo que despertó el apoyo popular? Al estallar la burbuja financiera en el 2008, la recesión hizo lo suyo quebrando industrias, retrayendo capitales y, obviamente, recortando empleos. Ante este panorama, la clase media comenzó a mirar hacia el costado, despreciando a sus conciudadanos de origen extranjero con los que competían por los puestos de trabajo. Poco a poco ello fue gestando reacciones anti-migratorias y, en ocasiones, incluso xenófobas y discriminatorias. La falta de contención por parte del Estado, dejó un vacío que fue rápidamente ocupado por los movimientos sociales, que captaron este descontento y se fortalecieron paulatinamente. En algunos escenarios, éstos lo hicieron lo suficiente como para consolidarse políticamente, lo cual quedó demostrado con la decisión de los británicos de abandonar la Unión Europea, así como con el resultado de las elecciones presidenciales en Estados Unidos. En otros, el proceso de consolidación se encuentra en curso y no da señales de desacelerar, como se observa en el triunfo de Marine Le Pen en la primera vuelta electoral en Francia, en el avance del partido “Alternativa para Alemania” o  en la creciente adhesión que ganó la ultraderecha durante la campaña presidencial en Austria.

Los quiebres no tardaron en manifestarse en la esfera política. Si hay un movimiento que obtuvo un protagonismo indiscutido, éste fue, sin dudas, el nuevo reformismo político y su representación del anti-establishment. En los ‘80, Ronald Reagan y su par británica, Margaret Tatcher, dieron inicio al ciclo de neoliberalismo y globalización. En 2016, tanto EEUU como Gran Bretaña inauguraron un nuevo ciclo geopolítico.

Donald Trump, a lo largo de su campaña, supo apelar en igual medida al sentimiento nacionalista (y por oposición, “anti-extranjero”) y al deseo de progreso de una clase media-baja empobrecida y aparentemente olvidada por la conducción política. El “cinturón de óxido” (o “rust belt”, integrado por Estados del medio-este y mid-atlantic), era anteriormente conocido como “cinturón industrial”: su actual nombre evidencia los efectos que la recesión tuvo en esa área productiva. No ha de sorprender que el político que supo llegar al corazón de quienes se sentían excluidos del sistema, haya ganado sin más su voto de confianza.

Algo similar sucedió en Gran Bretaña a la hora de manifestarse en el referéndum del 23 de Junio del año pasado. El voto a favor de la salida no se originó en la ciudad de Londres, centro cosmopolita  y financiero a nivel global, donde casi el 60% votó a favor de la permanencia. Por el contrario, provino del resto de Inglaterra, principalmente de la zona de “midlands”, cuya población es predominantemente rural. Fue precisamente allí donde más se hizo sentir el efecto de la crisis económica en el nivel de vida de la población y donde mayor rechazo generaron las normas de libre circulación migratoria de la UE.

Por último, no podemos dejar de observar las repercusiones en el aspecto económico-internacional. Si bien el ‘Brexit’ es aún tema de debate y su concreción es un proceso que depende de una decisión de tipo política de mediano a largo plazo, una lectura inicial permite concluir que se encuadra en la tendencia aislacionista de volver a los orígenes, a la autonomía estatal por sobre la integración. Es aún prematuro analizar los efectos que podría generar sobre la Eurozona pero, prima facie, podemos inferir acerca de la existencia de una crisis de gobernanza regional que deberá ser atendida si se quiere evitar el quiebre del bloque europeo. Douglas Flint, Presidente del Grupo de HSBC Holdings, no lo podría haber descripto mejor, al comparar los efectos de la transición con el juego del Jenga, en el cual, al quitarse las piezas de la torre, el impacto es difícil de predecir.

Por otro lado, los dichos del próximo presidente de los Estados Unidos no dejan dudas acerca de su deseo de romper con el liberalismo económico y propender al proteccionismo comercial. Prueba de ello son sus declaraciones en contra del Tratado de Asociación Transpacífico (TPP) y referencias al abandono del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN, también conocido como NAFTA por sus siglas en inglés), si bien queda por comprobar la medida y el tipo de implementación que tendrán sus expresiones de campaña una vez que asuma el cargo.

En términos generales, se observa la gestación de un proceso inverso de globalización. En primer lugar, se profundiza la competencia económica, esta vez sin ningún tipo de tapujo, como evidencia Trump a la hora de señalar a China como principal adversario. En segundo lugar, se acentúan los conflictos políticos; tanto a nivel doméstico, con campañas electorales donde “todo vale” y donde el partidarismo cede ante el personalismo; como en la escala internacional, en la que muchos líderes políticos no titubean en expresar su apoyo por uno u otro candidato en las elecciones de otro país (tornando todavía más delgada la línea de “no inmiscusión en los asuntos internos”). En tercer lugar, es cada vez mayor la ausencia de cooperación entre Estados, complicando aún más la coordinación de políticas conjuntas para resolver cuestiones de fundamental relevancia, como lo es la grave crisis de refugiados sirios, sobre la que la sociedad internacional poco ha hecho al respecto hasta hoy.

En conclusión, podemos afirmar que el 2016 hizo historia. Los reclamos sociales son, a mi entender, la raíz de las transformaciones aquí analizadas, y como tales deben ser incluidos en la agenda gubernamental. La democracia habla, y dice mucho. Si los sectores desatendidos no son oídos por quienes los gobiernan en ese momento, alguien más lo hará. En adelante, es necesario buscar el consenso suficiente como para poner el interés humano en primer lugar y, al mismo tiempo, evitar caer en antagonismos políticos y económicos que sólo llevarán por el camino de la exclusión social y el aislamiento internacional. Nos queda aprender de la historia pasada y reciente, para evitar destruir los avances logrados como comunidad mundial, y poder adaptarnos así a las nuevas demandas y oportunidades globales.

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